Si lo que alguna vez se conoció como realismo mágico no era otra cosa que la mirada europea puesta sobre las idiosincrasias, los mitos y leyendas que al fin y al cabo conformaban la vida real de hombres y mujeres en nuestro querido y viejo continente americano, podemos entonces aprovechar esa mirada para imaginar un realismo delirante sobre los habitantes de una villa miseria, como suele llamarse, pero no ya desde una perspectiva europea sino por una clase social acomodada, porteña, colmada de prejuicios y todo tipo de extrañezas.
Leímos la frase "Buscamos lo absoluto y no encontramos sino cosas" en Alejandra Pizarnik. Esas frases fueron escritas hace más de dos siglos por Novalis.Después de esa frase inicial, María Negroni nos incluye a todos y a ella también dentro de una suerte de halo romántico que habiendo tenido sus albores hace 200 años todavía puja por decirnos desde nuestras mentes lo que es la literatura. Disculpen la traducción que hice de la Dra., que terminó siendo casi tan largo como el original al que pueden acceder por medio del linkeo del asunto. Todo esto viene al caso porque antes se ocupó de dejarla escrachada a Alejandra. ¿Por esto es que no les gustaba? Acabáramos… Pobre chica, seguro que sufrió mucho, pero doscientos años tarde es un poco mucho, un poco muy tarde… No clasifica. Hay una razón que la está bochando. La temporalidad. Se trata de una idea del tiempo que no teme en bardear a la autonomía literaria si de lo que se trata es de encarnar lo que serían voces auténticas, o algo así, desde adentro de la propia literatura, claro, ¿desde dónde sino? Y así vemos el esquema de ida y vuelta entre pobres y ricos que se festeja en el otro párrafo cuando se bocha a García Márquez por europeizante… Así, lo que queda es alguien culturalmente tan europeo y tan nacido en América como Gabo pero esta vez con el pudor de festejar a los pobres y criticar a los ricos. Por eso el realismo que los representa no es mágico sino bien concreto. Se trata de una mirada que se cree controlar, que se quiere representar, poner ahí para que no se escape. Ahí sí la literatura se puede despojar en plena calle de toda autonomía sin el menor reparo. Y los pobres como ya es tradición, quedan graficados en ese desparpajo tierno ante la mirada del otro que ahora los objetiva. La literatura elige el momento en el que ese otro quiere mostrarse a gusto consigo mismo para caricaturizarlo. No cuando viaja cansado en colectivo ni cuando sueña frustraciones en la casilla, sino de a muchos armando folklore. Al escritor le gusta que esos sean diferentes a él, hasta ahí va el pacto que lo introduce a él en la contemporaneidad. Los pobres no leen literatura de vanguardia, los ricos tampoco, pero no importa, es un asunto interno.
El lugar común en tiempo presente injertado en la obra no molesta, mientras que la repetición de las formas y de los recursos literarios doscientos años después no se perdona. Ahí aparece el formalismo pidiendo autonomía.
